martes, 27 de abril de 2010

Tragedia Imaginada

Primer Acto 
En las mañanas no había nada qué hacer, a los 80 en realidad no hay muchas cosas por hacer; o sea, hay muchas que una quisiera hacer, pero pocas las que realmente pueda y muchas menos las que una haga sin que luego el médico te sentencie al reposo. Qué tontería, a esta edad, ya la vida misma es sólo reposo.
Como en casa nunca hay nadie hoy me quise dar el gusto de cocinarme... pueden ser unos frejoles con arroz y milaneza, no, mejor eso no; más bien una ensalada, me caería mejor, pero no me llenará, mejor eso tampoco; probar una comida extranjera, suena bien pero para eso tendré que comprar un recetario, no, ya no, mucha morisqueta. Qué adefecio por Dios no poder decidir qué comer, igual salgo, ya en la calle veo que hallo.

Acto Siguiente
En el octavo piso del antiguo edificio vive la loca y su madre; la madre está en la cocina intentando calmarse ocupándose en la comida y la loca se sigue riendo arrinconada al lado de la cama después de la tremenda paliza que le han dado. El medico dice que sufre de depresiones; qué depresiones ni qué ocho cuartos, muchacha del demonio; cómo van a ser depresiones si se pasa el día encerrada en su cuarto sin querer ayudar en nada, riéndose como loca ¿depresiones dice? Depresiones el carajo, está loca y loca de remate; si no la he internado es porque por ella vivo, por lo que su padre nos deposita mensualmente.

El lugar es un minidepa de sala-cocina-comedor, dos cuartos y un baño. La loca tiene 18 y es hija de un portugués que va por el mundo buscando empresas en quiebra para ofrecerse a salvarlas, cobrar un montón de plata, y ya sea que la levante o no, volver a viajar por donde el viento lo lleve, probando placeres y esperando que un día la muerte lo encuentre, y que ese día sea antes de que vuelva a España para ver a la loca. No quería ver nunca más a esa niña, que nunca quizo y que para colmo se volvió loca. Tampoco quería que nadie de su familia la conozca; si por el fuera que desaparezca de una vez, que desaparezca esa loca y su madre y todo ese pasado que lo perseguía, de eso escapaba toda su vida, de ese pasado.

Final
El cielo era limpio y una anciana, de unos 80 años, andaba tranquila por las calles de Málaga; iba despacio la gorda, andando con calma y disfrutando el viento fresco, toda una matrona, descomplicada. Llevaba un abanico en la mano y un vestidito floreado, cruzando la calle camino al mercado.

La loca, a su vez, se escapaba, sin ser vista, al balconcillo del cuarto de su madre; cosa rara en la muy eremita, que siempre andaba a la sombra. La luz del sol la cegó un momento y a lo lejos escuchó a su madre aunciar que se iba para la azotea a tender la ropa. Pegó un grito de euforía y su madre hizo caso omiso. La loca abrió los cajones, sacó la ropa de su madre, removió con fuerza las sábanas de esa cama y de un solo golpe tiró el espejo (el que más le gustaba a su madre). Saltó en el colchón desnudo y gritó con todas sus fuerzas, saltando con las manos arriba arañando el techo cada que llegaba. Se bajó y se tiró en el suelo, y arrastrándose como un animal se acercó nuevamente a la luz. Entrabrió las puertitas del balcón y la luz otra vez la cegó, pero salió decidida a mirar. Y mientras se acostumbraba a la luz cogió una maceta que puso entre sus piernas. El olor de la tierra mojada de la lluvia de anoche le agradó y se acarició la cara con una hoja de la plantita sientiendo el  sol calentar su piel. No era fea la loca, era loca; tenía la piel blanca y cuando se dejaba su madre probaba peinados en su cabello castaño largo; viéndola así abrazada a la maceta con la cara en medio de los verdes no parecía tan loca, parecía, no sé, una Van Gogh en arrebato apasionado. Pero como estaba loca, de un momento a otro mordisqueó la plantita y sus manos se aferraron al tallo. Arrancó la planta de cuajo y entre neblinas, que era como veía cuando estaba al sol, la puso frente a sus ojos pronunciando leperadas entreveradas, con la mirada como la del que venga a un ser querido y tiene el cuello del asesino entre sus manos.

La viejecita muy oronda porque ya había decidido su menú ni se molestó con el poco de tierra que le cayó por delante, ni levantó la cabeza para ver de donde había aparecido, sólo se abanicó un poco y metió la mano al bolsillo buscando el monedero, sin detenerse.

La loca allá arriba, y ya viendo con claridad, oyó a su madre cerrar la puerta y llamarla, buscándola, y acercándose al cuarto, y por lo tanto al balcón, donde la vería estrangulando a la planta y donde además encontraría lo que la loca le había hecho a su recámara; y la loca tembló de miedo y no se movía.

La anciana empezó a sudar, es que el calor de los veranos de ahora reactivan hasta los poros más añosos, como los de este cuerpo matriarcal. Se detuvo para abanicarse.
Cuando su madre apareció en el umbral de la puerta, y la loca le vió la cara de furia, se le cayó de la mano la planta y se desesperó; trepó al balcón como pudo y pasó del otro lado.
Ocho pisos abajo la anciana empezaba a contar su dinero, siempre sin mirar al cielo, hasta que un fuerte viento  que se metió bajo su vestido  la distrajo, desacomodándole el enagüe. La anciana cerró los ojos: esa sensación, añeja, de una caricia y el sudor que bajaba en su espalda, no la excitaban para nada, pero, se sintió tocada, tocada como antaño. Y fue felíz por un momento. Por un último momento.
La infelíz estaba allá arriba colgada del balcón frente a su madre que le gritaba, ya tírate muchacha loca, ya tírate de una vez, me vale un pito que te mueras o no, ya lo he decidido, al hijoputa de tu padre lo mando también al infierno y me vendo en cualquier esquina, pero tírate de una vez.
La loca entendió que era loca por su madre, mejor dicho, para su madre, quien no hubiera podido vivir sin una hijita loca y así parecer algo cuerda. ¡Bah caray! -dijo la loca pensativa, sorprendida y quitándose de la cara el pelo que el viento le metía hasta en la boca, boquiabierta como estaba. Y se sintió sana como no recordaba haberse sentido hace mucho, y miró a su madre con pena, comprendiendo que la desgraciada no era ella, sino la mujer que la gritoneaba. Y se soltó de donde se agarraba.

El viento soplaba fuerte, la loca bajaba apresurada por la gravedad, abajo ochenta años en gloria, con los ojitos entrecerrados, una madre irresoluble mirando los restos de su hermoso espejo, mirando los añicos como armas de criminal, que ella usaría contra sí misma, mirando ansiosa el espejo roto pensaba "loca maldita, ni muerta me dejarás en paz; no, te seguiré hasta en la muerte, loca maldita" y una plantita muerta sin razón (la segunda muerte sin razón en esta retorcida historia) en un balcón.

La calle entera volteó a mirar y el viento dejó de correr; un grito, un abanico atravesándole el cuello a una mujer de mayor edad y una joven llorando adolorida sobre una masa floreada en el pavimento. Sangre, mucha. Curiosos, muchos más. La última moneda del monedero se perdió entre las rejillas del desagüe.

Una ambulancia se llevó a la jovenzuela suicida, a la anciana sólo la recogieron para mandarla a la morgue, y en un octavo piso se desangraba, pero con esperanzas de vida que nadie atendió, una madre loca y mala.

1 comentario:

  1. Ya lo he dicho repetidas veces este es el mejor texto que he "parido". Este es el mejor porque hasta me gusta a mí mismo. Y me gusta más que todos los demás =)

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