viernes, 8 de octubre de 2010

Violencia de perro malo


Sabía que no era buena idea, sabía que en casa quedarme debí; pero no, no lo hice así; en fin, tampoco me quejo –y talvez debería–; se han de quejar, quizá, ustedes, cuando acaben de leer.
 
Soy músico –qué novedad, vamos, eso todos lo saben–; soy compositor, para ser más específico –que es sólo un detalle, además–. Soy músico y desde hace no mucho tiempo estoy montado en un pequeño sueño, de un amigo de mi padre y su hijo, de fusionar ritmos peruanos "tradicionales" en contextos más modernos para ofrecerlo en un show. Al principio no me gustó la idea; soy un egoísta disimulado, debo admitir, y no hay muchas cosas que me guste hacer en grupo; esto no lo habría aceptado, y sólo porque no me gusta, pero lo acepté por un solo motivo: ¡santo cielo, qué calidad vocal tienen estos señores! Hay mucho que podríamos hacer con su talento.
 
En fin, ¿qué hago contando de mi, si esta historia no tiene que ver conmigo? Ok, así de claro: soy un muy mal narrador. El palimpsesto no me merece (¿ya vieron que me salgo por donde no debo?). En fin.
 
Al grano:
Hace dos semanas que tengo por encargo arreglar un par de temas que han compuesto padre e hijo. Hace dos semanas y no he avanzado ni tan siquiera poniendo la línea melódica en el pentagrama. ¡Bah! Tampoco es mi culpa. Mi teclado se ha malogrado y no he podido arreglarlo; estos malditos transformadores se malogran mal y uno no puede arreglarlos a la antigua –mi antigua: cinta aislante y tijeras–, ¡ahora todo hay que soldar, joder!
Vieron, qué culpa tengo yo, a ver, qué culpa tengo.
(Ok, ok; me vuelvo a salir del tema. Lo siento, será la última vez.)

Es viernes y es feriado, hoy me he dormido más allá de las cuatro de la mañana y he despertado casi al medio día –yap, no contaré por qué porque si no me vuelvo a salir del contexto–. El punto es que recién a eso de las 5 de la tarde me he aseado y vestido para ir, en ayunas como estaba, a buscar un radiotécnico, y de paso comprarme un pastel y un yogur. Y en eso estaba cuando a dos cuadras de mi casa, justo en la esquina antes de llegar a la cuadra del mercado, por la panadería donde compré el pastel, ésa esquina donde hay una vendedora de frutas charlando con una ancianita graciosa que lleva de la correa a un pekinés (ya se sabe, diminuto pero muy saltón), le vi venir: era un viejecito intentando seriedad pese a tener que ir apresurando el paso, intentando sin éxito conservar sus formas, mientras perseguía y medio llamaba al Bobby –así le medio gritaba al pitbull que le precedía, y que pasó por mi lado como si yo no existiera–, de camino a la esquina de la vendedora de frutas que ya les mencioné.

Es la escena: la anciana y su pekinés, la vendedora de frutas de la esquina y el viejo y su pitbull.

Y yo ni cuenta me di. Ya había llegado a la mitad de la calle, casi a la altura de la puerta del mercado, cuando de pronto escuché los gritos. Tuve que voltear a ver. En la esquina, la vendedora chillaba ¡Auxilio, oiga, ayúdele! El anciano con los brazos abiertos gritando Bobby, Bobby, suelta, perro, suelta. La anciana en el piso, llorando como una niñita, bien asida de la correa de su perrito. Y el Bobby, bien cogido del pescuezo, tirando feroz del pekinés que la abuela, aún tumbada y siendo sacudida por la fuerza del animal, no quería soltar de la correa.
Un poco más lejos todavía de donde yo estaba, otro anciano empezó a gritarle al perro; la gente salió de la tienda, el que repara refrigeradoras que ya estaba cerrando también salió a chismear y así mismo varias cabezas curiosas asomaron por puertas y ventanas; en la esquina, los chicos que jugaban a la pelota se juntaron a un ladito, asustadotes; todos contemplábamos la escena tremebunda. El pobre pekinés, como si de una gallina se tratara, era mecido brutalmente por el pitbull que lo había cogido veloz y no tenía la menor intención de cederlo.
La vendedora corriendo se metió a la panadería, el anciano intentaba levantar a la abuela que gritaba, gritando él también, y en ese mismo momento ya el pekinés se quedaba callado, y el Bobby sin dejar de zarandearlo.
De sorpresa, la anciana, en cuanto se hubo puesto en pie, cogió un palo de la carreta de la vendedora, y desesperada y llorando buscaba darle de palazos al pitbull que ni se inmutaba, concentrado al parecer en no desprender su mordisco hasta asegurarse de que su presa esté bien muerta; en vano se atravesaba el viejo tratando de evitarle la paliza a su Bobby. Y en eso estaban cuando volvió la vendedora; la que, trayendo una jarra con agua hirviendo inmediatamente se la tiró a la bestia que se quejó lastimeramente y de inmediato soltó al pekinés irreconocible ya.

De este lado de la calle todos mirábamos anonadados al Bobby venir, chamuscada la oreja derecha, caminando con actitud de torero que ya ha hecho mierda al toro, altivo, sin miedo alguno, hasta diríase que tranquilo como si nada hubiera pasado, con dirección a nosotros. Y así mismo se pasó por el medio de la pista, a sabiendas de que lo observábamos, moviendo la cabeza como sacudiéndosela, hasta que llegó al callejón y se metió.

         - ¿Y el otro perro? –me preguntó una chiquilla que acababa de acercárseme.
         - ¿El otro? –repuse señalándole el bulto cerca del poste de la vendedora de la esquina– ésa cojudecita de allí.
 
La gente se mete y los chicos vuelven a su juego, todo parece volver a la normalidad; sólo el viejo se banca toda la furia e indignación de la anciana a punto de agarrarlo a palos, y la vendedora atina a tapar con periódico lo que quedó del animalito.

Me meto al mercado y, la verdad, mi pastel ya no se me antoja, y el yogur ya lo terminé. Boto los restos en un tacho, me paseo por el mercado semivacío y cuando encuentro al último radiotécnico del lugar está cerrando; Lo siento, se disculpa, Mañana y el domingo sí abro desde las 7 y media, pero ahorita ya me voy.
 
Me vuelvo a casa agrisado, haciendo juego con el cielo limeño color de panza de burro, y me digo que ésta es una experiencia que yo no sabría describir con mi escritura.
Y me vuelvo a casa, y me pongo a pensar Por qué contarla… y la verdad no encuentro una buena excusa.

9 comentarios:

  1. A éste narrador no lo vuelvo a contratar, lo prometo; en verdad es muy malo.

    Golor Sadhalá.

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  2. Qué horror, como de película esta aventura que te tocó presenciar. A la distancia, me parece un exceso de crueldad... con el animalito.

    Un saludo desde la media noche de la Ciudad de México.

    Gracias por tu visita y amable comentario en mi blog.

    PS tienes cuenta de twitter, o tu nick es sólo una coincidencia?

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  3. marichuy; Gracias a ti por venir. Yo debía quedarme en casa; así me ahorraba el espectáculo y no habría escrito éste post.

    A la distancia, un saludo en la madrugada limeña.

    Mi cuenta de twitter: actvservidor

    saluos!!!

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  4. awww que feoooo no me gusta ver perros peleado asi jejejeje

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  5. La Diabla; lo mismo a mi: los perros peleando dan miedo. Pero tengo un truco que nunca me falla, un truco que me enseñó mi mamá, y es fácil: muérdete la lengua un poco cuando un perro se te acerque amedrentándote; de ese modo parece que no te ve o que se te aleja.
    (#notamental: talvez sea requisito que mamá te lo enseñe desde pequeño para que este truco funcione -sinceramente creo que se trata más de la confianza que uno mismo se imprime creyendo que nada le pasará con este truco "infalible"-)

    saluos!!

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  6. Creo que el taxista que nos llevó hoy a Samuel (mi perrito) y a mí al veterinario es vecino tuyo, ¡¡me contó exactamente lo mismo!!
    El que debía estar encerrado y con correa no es Boby sino su dueño, tengo perro, en casa siempre hubieron perros de varias razas, y se que un animal equilibrado no se comporta así, ese viejito no supo educar a su perro.
    Pobre viejecita, pobre pekinés, pobre Boby, pobres de los que vieron eso y pobres de nosotros que lo leímos.
    Un abrazo, espero que tengas mejores días.

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  7. Miyita; jaja, la escena la vi por el mercado de Surquillo =P

    Yo creo que hay perros más feroces que otros, y que el dueño sabiendo esto debería tomar medidas al respecto.

    saluos!!

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  8. Lucía; fue una escena espantosa. Hay perros y "perros".

    gracias por venirse por aqui.

    saluos!!

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Impresiones...
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